Un estudio innovador ha revelado cómo las cianobacterias (los organismos responsables de oxigenar la Tierra) han “reciclado” una antigua herramienta genética para construir un nuevo marco estructural. Los investigadores han descubierto que un sistema que alguna vez se usó para organizar el ADN ha evolucionado hasta convertirse en una estructura similar a un citoesqueleto que dicta la forma física de la célula.
El pivote evolutivo
Durante décadas, los científicos entendieron que las cianobacterias fueron las pioneras de la fotosíntesis oxigenada, impulsando el “Gran Evento de Oxigenación” hace 2.500 millones de años. Sin embargo, una nueva investigación del Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria (ISTA) muestra que estos organismos también son maestros en la reutilización biológica.
El estudio, publicado en Science, detalla cómo la especie Anabaena hizo la transición de un sistema proteico especializado de un simple mecanismo de clasificación de ADN a una sofisticada red estructural. Este descubrimiento proporciona una mirada poco común y en tiempo real a cómo la evolución puede tomar la “maquinaria” biológica existente y asignarle una función vital completamente nueva.
El descubrimiento: de los plásmidos a las membranas
El avance comenzó con una “observación fortuita” del investigador Benjamin Springstein. Mientras revisaba la literatura, notó que el sistema ParMR, un mecanismo típicamente utilizado por las bacterias para mover plásmidos (pequeños fragmentos móviles de ADN), estaba ubicado en los cromosomas principales de Anabaena.
En la mayoría de las bacterias, estos sistemas actúan como pequeños brazos mecánicos que empujan el ADN hacia lados opuestos de una célula durante la división. Sin embargo, las pruebas experimentales revelaron una desviación radical de esta norma:
- Sin unión al ADN: El componente proteico ParR ya no se une al ADN. En cambio, se ancla a la membrana interna de la célula.
- Andamiaje de membrana: La proteína ParM no se mueve a través del interior de la célula; en cambio, se ensambla formando una red de filamentos justo debajo de la membrana celular.
- Soporte estructural: En lugar de actuar como un “huso” para el material genético, el sistema actúa como una corteza celular, proporcionando tensión y forma internas.
Visualizando el “nuevo” esqueleto
Para confirmar estos hallazgos, el equipo de investigación utilizó microscopía crioelectrónica para observar los filamentos a nivel molecular. Descubrieron que estos filamentos exhiben “inestabilidad dinámica”: crecen y colapsan rápidamente, un comportamiento sorprendentemente similar al de los microtúbulos que se encuentran en células eucariotas complejas (como las células humanas).
La importancia de este sistema fue más evidente cuando fue eliminado. Sin esta red de proteínas, las células de Anabaena perdieron su característica forma rectangular, volviéndose redondas e hinchadas. Esta pérdida de morfología confirma que la función principal del sistema ya no es la segregación genética, sino la integridad estructural.
La evolución de “CorMR”
Debido a su nueva función, los investigadores cambiaron el nombre del sistema a CorMR. El análisis bioinformático sugiere que esto no fue un salto repentino, sino un viaje evolutivo gradual:
1. Reubicación: El sistema pasó de los plásmidos móviles al cromosoma principal.
2. Modificación: Las proteínas cambiaron de tamaño y estructura física.
3. Localización: Los componentes adquirieron la capacidad de unirse a las membranas lipídicas.
4. Integración: El sistema se integró a la red de control celular más amplia.
Por qué esto es importante
Esta investigación cambia nuestra comprensión de cómo surge la complejidad en el mundo natural. Demuestra que la evolución no siempre necesita “inventar” algo desde cero; a menudo, simplemente reconfigura lo que ya está allí. Al convertir una herramienta de clasificación de ADN en un esqueleto estructural, las cianobacterias adquirieron la capacidad de mantener formas complejas, un requisito previo para las formas de vida multicelulares que eventualmente dominaron el planeta.
Conclusión: Este estudio destaca la increíble plasticidad de los sistemas biológicos, lo que demuestra que las herramientas genéticas antiguas pueden reutilizarse para impulsar la evolución estructural de la vida misma.

























