Durante más de medio siglo, los geólogos han defendido la narrativa de una inundación catastrófica que reformó el mar Mediterráneo hace aproximadamente 6 millones de años. La historia es la siguiente: el mar se secó hasta convertirse en un vasto desierto de sal durante la crisis de salinidad de Messina, sólo para ser llenado violentamente por la cascada más grande de la historia cuando el Atlántico irrumpió en el Estrecho de Gibraltar. Sin embargo, cada vez hay más pruebas que sugieren que esta dramática historia puede tener profundos defectos y que la realidad puede tener muchos más matices y tal vez menos espectacular.
La catástrofe original: una historia se afianza
La narrativa ganó fuerza después de que la expedición Glomar Challenger de 1970 recuperara depósitos de sal y grava que contenían fósiles marinos del fondo del mar Mediterráneo. El oceanógrafo Kenneth Hsü imaginó vívidamente una cascada de agua diez veces más grande que las Cataratas Victoria, un espectáculo que cautivó tanto a los científicos como al público. David Attenborough incluso filmó un documental, consolidando la hipótesis de la “megainundación” en la imaginación popular. Durante décadas, la idea de un Mediterráneo sin salida al mar seguido de un diluvio catastrófico siguió siendo un dogma geológico.
Surgen dudas: una crisis en la crisis
Sin embargo, en los últimos años el escepticismo ha aumentado. Muchos geólogos sostienen ahora que la desecación fue más breve y el llenado más gradual. Algunos incluso proponen que el Mediterráneo nunca esté completamente desconectado del Atlántico. Guillermo Booth Rea, de la Universidad de Granada, afirma sin rodeos que “la idea de una megainundación y los datos que la respaldan son en su mayoría erróneos”. El debate no se trata sólo de plazos; se trata de la base misma de esta creencia arraigada.
¿El lugar equivocado? Repensar el cauce de inundación
Para aumentar la controversia, una nueva investigación sugiere que el canal de inundación podría no haber sido el Estrecho de Gibraltar en absoluto. Durante cincuenta años, los científicos han buscado evidencia en el lugar equivocado, pasando por alto vías alternativas que podrían haber existido hace millones de años. El panorama geológico actual es muy diferente al que era durante la crisis de Messina, con cuencas abriéndose y masas de tierra emergiendo, oscureciendo el verdadero camino de cualquier posible inundación.
La paradoja de la sal: por qué los números no cuadran
Uno de los mayores desafíos a la teoría de las megainundaciones radica en la gran cantidad de sal presente. El Mediterráneo contiene aproximadamente el 5% de la sal oceánica del mundo (quizás entre el 7% y el 10% originalmente). Para acumular esa cantidad, el mar habría tenido que secarse y rellenarse varias veces, no sólo una. La evidencia de los depósitos de sal en Sicilia revela capas alternas de yeso y esquisto rico en materia orgánica, lo que sugiere un patrón cíclico impulsado por la oscilación axial de la Tierra, que abre y cierra conexiones con el Atlántico cada 23.000 años.
Recarga gradual: ríos, lagos y cuencas cambiantes
En lugar de una única inundación catastrófica, la evidencia actual apunta a un proceso de recarga más gradual. Las simulaciones por computadora y los datos geológicos sugieren que el Mediterráneo se reabasteció con ríos como el Nilo y el Ródano, que desembocaron en una cuenca situada a kilómetros por debajo del nivel actual del mar. Este cambio podría haber ocurrido a través de múltiples etapas, con entrada de agua dulce desde los mares Negro y Caspio a través de conexiones recién formadas. La conclusión clave: la recarga no fue un diluvio repentino sino una lenta acumulación de agua a lo largo del tiempo.
La evidencia que falta: ¿Dónde están las cicatrices?
Quizás la debilidad más evidente de la teoría de las megainundaciones sea la falta de pruebas definitivas. A pesar de décadas de investigación, no se han encontrado cicatrices claras de un evento tan monumental. Las recientes expediciones de perforación en aguas profundas cerca del Estrecho de Gibraltar, incluida la misión Resolución JOIDES 2023, no encontraron rastros de una inundación catastrófica. Los núcleos revelaron finas capas de sedimento que indicaban condiciones de calma y baja energía, lo contrario de lo que uno esperaría de un diluvio masivo.
El panorama general: cambios lentos, impactos duraderos
El consenso emergente sugiere que la transformación del Mediterráneo no fue impulsada por un único cataclismo sino por una serie de cambios sutiles. Ligeras restricciones en la puerta de entrada al Atlántico, sumadas a los ciclos climáticos naturales de la Tierra, pueden haber provocado cambios significativos en la acumulación de sal y en los niveles del mar. Este proceso, aunque menos dramático que una megainundación, tuvo profundas consecuencias y contribuyó a la extinción de casi el 90% de las especies marinas del Mediterráneo.
En última instancia, el misterio mediterráneo subraya la importancia de cuestionar las narrativas establecidas. La verdadera historia de este antiguo mar no es una de agitación violenta sino de cambios graduales, lo que demuestra que incluso los eventos geológicos más dramáticos pueden ser impulsados por cambios pequeños e incrementales.























