El cambio más transformador del siglo XXI tal vez no sea digital, sino eléctrico. La convergencia de la tecnología avanzada de baterías y las fuentes de energía renovables escalables, en particular la solar, está remodelando rápidamente la forma en que el mundo se alimenta. Si bien los conceptos centrales han existido durante más de un siglo, fue alrededor de 2016 cuando estas tecnologías alcanzaron un punto de inflexión, pasando de ser experimentales a económicamente viables.

El auge de las gigafábricas y la producción escalable

Un catalizador clave fue la apertura por parte de Elon Musk de la primera “gigafábrica” en Nevada. No se trataba de un avance singular, sino de integrar verticalmente toda la cadena de suministro de vehículos eléctricos (EV) bajo un mismo techo, una estrategia que refleja la producción en masa de automóviles de gasolina de Henry Ford hace un siglo. El término “giga” significa una escala de miles de millones, lo que refleja la ambición de producir baterías, motores eléctricos y células solares a un nivel sin precedentes.

La abundancia de energías renovables

El potencial para la extracción de energía renovable es enorme. En tan solo unos días, el sol entrega más energía a la Tierra que todas las reservas conocidas de combustibles fósiles juntas. El desafío siempre ha sido una recolección confiable y asequible. El efecto fotovoltaico, descubierto en 1839, y los primeros paneles solares de la década de 1950 sentaron las bases, pero el costo y la eficiencia siguieron siendo barreras hasta la década de 2010.

Baterías: el eslabón perdido

El desarrollo de baterías de iones de litio en la década de 1980 proporcionó una solución crucial: el almacenamiento de energía. Junto con una energía solar más barata, estas baterías hicieron realidad la energía renovable gestionable. Las gigafábricas aceleraron esto al reducir los costos y mejorar el rendimiento. Como dice Dave Jones de Ember, estas instalaciones entregaron “vehículos solares enviables” y “vehículos eléctricos”.

Más allá de los automóviles: el impacto más amplio

Las economías de escala desencadenadas por la producción de baterías a gran escala se han extendido a múltiples industrias. Desde teléfonos inteligentes hasta computadoras portátiles, el almacenamiento de energía portátil se ha vuelto omnipresente. La caída en picado del costo de las baterías y células solares sugiere ahora que la electrificación total de los sistemas energéticos no sólo es posible, sino cada vez más inevitable. En regiones como California y Australia, el excedente de energía solar ya se está regalando.

El futuro: más allá de los combustibles fósiles

La trayectoria es clara. A medida que la densidad de las baterías se acerca a la de los combustibles fósiles, estamos en la cúspide de electrificar el transporte de larga distancia (aviones, barcos y camiones) y poner fin a la dependencia centenaria del petróleo y el gas. El paso de la combustión a los electrones no es sólo una transición energética; es una reestructuración fundamental de cómo funciona el mundo.

La electrificación de todo ya no es una posibilidad lejana; se está desarrollando rápidamente, impulsado por el progreso tecnológico, las realidades económicas y la necesidad urgente de soluciones energéticas sostenibles.

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