A pesar de enfrentar vientos en contra sin precedentes, el progreso científico continuó en 2025, generando descubrimientos notables junto con crudos recordatorios de las fuerzas que socavan sus cimientos. Desde la interferencia política hasta la explotación comercial y la inacción sistémica sobre el cambio climático, el año pasado puso de relieve tanto el poder como la fragilidad de la investigación basada en evidencia.

El asalto a la integridad científica

El año comenzó con una realidad escalofriante: la ciencia estaba cada vez más bajo asedio. El desmantelamiento de la financiación científica estadounidense por parte de la administración Trump asestó un duro golpe, que potencialmente hizo retroceder décadas de investigación e innovación. Ésta no es simplemente una cuestión estadounidense; Estados Unidos históricamente impulsa el avance científico global y su declive afecta a todos. Más allá de la acción gubernamental, los intereses comerciales también amenazaron el rigor científico. Empresas como Colossal Biosciences desdibujaron la línea entre espectáculo y sustancia con afirmaciones de “desextinción”, liberando lobos genéticamente modificados mientras la verificación independiente se retrasaba.

Un sensacionalismo similar plagó el documental británico El ADN de Hitler, que secuenció el genoma del dictador nazi pero presentó interpretaciones especulativas sin una publicación revisada por pares. Esto pone de relieve una tendencia inquietante: la priorización del sensacionalismo sobre los hechos verificados. La prisa por publicar hallazgos llamativos antes de un escrutinio riguroso erosiona la confianza del público en la ciencia misma.

Política climática: una década de promesas incumplidas

Quizás el ejemplo más condenatorio de ciencia bajo asedio fue el fracaso de la política climática global. A pesar de una década de promesas en virtud del Acuerdo de París, el mundo no logró cumplir sus propios objetivos. La cumbre COP30 en Brasil terminó sin siquiera un compromiso para eliminar gradualmente los combustibles fósiles, lo que demuestra que la voluntad política sigue muy por detrás de la necesidad científica. Esta desconexión no es nueva, pero la repetida falta de acción a pesar de la abrumadora evidencia subraya un problema sistémico más profundo: los intereses políticos de corto plazo siempre triunfan sobre la supervivencia de largo plazo.

Avances en medio del caos

A pesar de estos desafíos, la ciencia logró logros notables. El centenario de la mecánica cuántica estuvo marcado por la confirmación experimental de un debate centenario entre Einstein y Bohr, que demostró la naturaleza extraña de la realidad. Los medicamentos GLP-1 continuaron siendo prometedores más allá de la pérdida de peso y ofrecieron avances potenciales en el tratamiento de una variedad de afecciones. Y, sorprendentemente, algunas personas experimentaron un color completamente nuevo por primera vez, traspasando los límites de la percepción humana.

Estos avances sirven como un potente recordatorio del poder de la ciencia, incluso cuando se enfrenta a obstáculos. El año también ofreció una comida más ligera: desde la evolución de las cosquillas hasta el descubrimiento de la cerveza más antigua del mundo, la ciencia siguió deleitando e intrigando.

Un llamado a la acción

El año 2025 fue una paradoja: una época de asombro y advertencia al mismo tiempo. A pesar de los reveses, la investigación científica sigue siendo la herramienta más fiable para comprender y mejorar el mundo. Pero su futuro depende de resistir el escepticismo, exigir rigor y priorizar la evidencia sobre el espectáculo. La ciencia no es simplemente una colección de hechos; es un método para sortear la incertidumbre y su defensa es vital para cualquier sociedad que valore el progreso.

A medida que nos acercamos al año 2026, la necesidad de proteger la integridad científica y acelerar la acción ante los desafíos globales nunca ha sido mayor.

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