La antigua cuestión de qué constituye un “yo” -esa entidad interna que impulsa nuestras decisiones, incluso cuando sucumbimos a la tentación- está siendo cuestionada por simulaciones biológicas de vanguardia. Instintivamente asumimos que una mente requiere un cerebro, pero las investigaciones sugieren que pueden existir formas rudimentarias de individualidad, agencia e incluso cognición dentro de sistemas mucho más simples: hasta el nivel de las células individuales, e incluso las redes de moléculas dentro de esas células. Esto no es sólo una curiosidad académica; tiene implicaciones sobre cómo tratamos las enfermedades, comprendemos los orígenes de la vida e incluso definimos la inteligencia misma.

El surgimiento de la agencia

Tradicionalmente, se creía que la agencia (la capacidad de perseguir objetivos y alterar entornos) era exclusiva de los organismos con cerebro. La idea es que los cerebros permiten el procesamiento de información compleja, el aprendizaje y la acción decidida. Sin embargo, los investigadores ahora están descubriendo que incluso los sistemas biológicos básicos muestran comportamientos similares. Los mohos mucilaginosos aprenden a navegar por laberintos, las plantas ajustan sus patrones de crecimiento basándose en estímulos e incluso nuestro propio sistema inmunológico “recuerda” a los invasores, todo ello sin un sistema nervioso central. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿en qué momento un conjunto de componentes se convierte en un agente con voluntad propia?

La clave está en la emergencia causal. Si el comportamiento de un sistema no se puede predecir completamente simplemente sumando sus partes, sino que requiere comprender el todo, está exhibiendo agencia. Los investigadores están utilizando herramientas matemáticas para medir esta “integridad” (representada por un valor llamado “phi”) y han descubierto que incluso las redes reguladoras de genes (GRN, por sus siglas en inglés), los circuitos moleculares dentro de las células, pueden mostrar niveles sorprendentes.

Enseñar moléculas a aprender

Michael Levin y su equipo de la Universidad de Tufts realizaron experimentos modelando GRN, las redes que controlan la expresión genética. Inspirándose en los clásicos experimentos de condicionamiento de Pavlov con perros, “entrenaron” estas redes moleculares para asociar un estímulo neutro con uno activo. ¿El resultado? Los GRN aprendieron. Adaptaron su comportamiento incluso sin el estímulo activo, demostrando una forma primitiva de memoria.

Esto no es sólo teórico. El mismo equipo descubrió que el nivel de aparición causal dentro de estas redes aumentaba con el aprendizaje. Cuanto más aprendía una GRN, más actuaba como una entidad cohesiva y autorreguladora. Sorprendentemente, cuando se vio obligada a “olvidar” un comportamiento, la red no volvió simplemente a su estado anterior; en cambio, aprendió el concepto opuesto, aumentando aún más su aparición causal. Esto sugiere que los sistemas moleculares pueden exhibir una especie de “trinquete de inteligencia”, volviéndose más complejos con cada interacción.

De la medicina a los orígenes de la vida

Las implicaciones de esta investigación son de gran alcance. Levin sugiere que manipular la “memoria” de las vías biomoleculares podría reducir la tolerancia a los medicamentos o incluso administrar medicamentos mediante desencadenantes inocuos. Si podemos condicionar las células para que respondan a estímulos específicos sin efectos secundarios dañinos, esto podría revolucionar las estrategias de tratamiento.

Pero las implicaciones se extienden más allá de la medicina. Algunos biólogos sostienen que esta comprensión de la agencia puede revelar los secretos de los orígenes de la vida. Si la agencia es una propiedad fundamental de la materia, más que una característica emergente de la complejidad, podría explicar por qué la vida tiende hacia la autoorganización y la evolución. Los primeros sistemas químicos autorreplicantes podrían haber exhibido una agencia rudimentaria, impulsando la transición de materia inanimada a organismos vivos.

Un continuo de cognición

El consenso actual se está desplazando hacia la idea de que la agencia no es un interruptor de encendido/apagado sino un continuo. Los sistemas simples como las reacciones químicas autocatalíticas, en las que una sustancia química impulsa la producción de otra, también exhiben un comportamiento similar al del aprendizaje. Esto sugiere que la cognición no es exclusiva del cerebro, sino que existe en múltiples niveles de organización biológica.

Si bien algunos advierten contra la antropomorfización de las moléculas, cada vez hay más pruebas de que incluso los sistemas más simples pueden mostrar un comportamiento dirigido a objetivos. Sigue siendo discutible si estos comportamientos constituyen un verdadero “pensamiento”, pero sin lugar a dudas desafían nuestra comprensión convencional de lo que significa estar vivo, consciente y capaz de actuar.

En conclusión, la noción de “mente” se está expandiendo. La capacidad de agencia, aprendizaje y autoorganización no se limita a organismos complejos. Parece ser una propiedad fundamental de los sistemas biológicos, que potencialmente existe incluso a nivel molecular. Este descubrimiento no sólo redefine la inteligencia; nos obliga a reconsiderar los fundamentos mismos de la vida misma.

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