Los desiertos junto a los océanos parecen paradójicos, pero algunos de los ambientes más secos del mundo –como Atacama en Chile y Namib en África– se encuentran precisamente a lo largo de las costas. Esto no es un accidente; es una consecuencia de fuerzas atmosféricas y geográficas trabajando en conjunto. La clave para comprender este fenómeno reside en cómo se mueve el aire, cómo influyen los accidentes geográficos en la humedad y cómo se comportan las corrientes oceánicas.

El papel de la circulación atmosférica

La distribución de los desiertos está estrechamente ligada a los patrones atmosféricos globales. La mayoría de los desiertos se forman cerca de 20 a 40 grados al norte y al sur del ecuador, una región conocida como cinturón subtropical. Esto sucede porque el aire caliente se eleva en el ecuador debido a la intensa luz solar, lo que genera baja presión y fuertes lluvias. Este aire ascendente luego se propaga hacia afuera, se enfría y desciende en las zonas subtropicales, suprimiendo la formación de nubes y dando lugar a condiciones áridas.

El Sahara y el Kalahari son excelentes ejemplos de este proceso. El aire que desciende actúa como una tapa, impidiendo que la humedad llegue al suelo.

El impacto de los vientos alisios y las corrientes oceánicas

El movimiento horizontal del aire también juega un papel crucial. Los vientos alisios cerca del ecuador soplan de este a oeste, haciendo caer la humedad en los lados orientales de los continentes y dejando los lados occidentales más secos. El desierto de Namib es un ejemplo de esto: las precipitaciones ocurren en las montañas del este, no dentro del desierto mismo.

Las corrientes oceánicas frías intensifican aún más la sequedad. Cuando el aire pasa sobre corrientes frías, se enfría y se estabiliza, dificultando la convección (aire ascendente). Esto significa que se evapora poca humedad y la que se queda atrapada cerca de la superficie, creando a menudo condiciones de niebla en lugar de lluvia. La fría corriente de Humboldt frente a la costa de Chile es un factor importante en la extrema aridez de Atacama.

Cordilleras y sombras de lluvia

Las montañas exacerban la formación de desiertos a través de un proceso llamado elevación orográfica. El aire húmedo que pasa sobre las cadenas montañosas se enfría y libera precipitaciones en el lado de barlovento. Cuando el aire desciende por el lado de sotavento, está significativamente más seco, creando una sombra de lluvia. Las montañas de los Andes en América del Sur, por ejemplo, exprimen la humedad de los vientos provenientes de la selva amazónica, dejando las laderas occidentales de Chile, hogar de Atacama, excepcionalmente secas.

El contraste entre Seattle (39,3 pulgadas de lluvia al año) y Yakima (8 pulgadas) en lados opuestos de las Montañas Cascade ilustra poderosamente este efecto.

Adaptaciones únicas en los desiertos costeros

Estos desiertos costeros no sólo son secos; también tienen características únicas. Suelen tener climas más estables que los desiertos del interior, lo que permite adaptaciones especializadas entre plantas y animales. Por ejemplo, los escarabajos del Namib han evolucionado para recolectar agua directamente de la niebla, una innovación que incluso ha inspirado el diseño de redes recolectoras de niebla más eficientes.

Los desiertos polares siguen principios similares

Los mismos factores atmosféricos y geográficos también contribuyen a la formación de desiertos polares como la Antártida. El frío extremo limita la capacidad del aire para retener la humedad, mientras que los fuertes vientos y las corrientes oceánicas impiden que los sistemas climáticos lleguen al continente.

En última instancia, la coexistencia de desiertos y océanos pone de relieve cómo los patrones climáticos, las formas del relieve y las corrientes oceánicas se combinan para crear algunos de los entornos más extremos de la Tierra. Estas regiones costeras áridas no son anomalías, sino más bien resultados lógicos de interacciones atmosféricas complejas.