Ataques al sistema inmunológico relacionados con síntomas persistentes y prolongados de COVID

Las investigaciones emergentes sugieren firmemente que el COVID prolongado puede, en algunos casos, ser impulsado por el propio sistema inmunológico del cuerpo que se vuelve contra sí mismo. Cuatro estudios recientes indican que la autoinmunidad, en la que los anticuerpos atacan por error a los tejidos sanos, contribuye a la persistencia de los síntomas, en particular el dolor. Este es un hallazgo fundamental porque apunta hacia tratamientos potenciales y específicos para una afección que actualmente carece de terapias aprobadas en países como el Reino Unido y Estados Unidos.

La conexión autoinmune

La mayoría de las personas se recuperan de la infección por SARS-CoV-2 en unos días. Sin embargo, una parte importante experimenta síntomas persistentes como fatiga, dolor, confusión mental y malestar post-esfuerzo. Si bien pueden estar en juego varios mecanismos, incluidos fragmentos de virus persistentes y desequilibrios del microbioma intestinal, el creciente conjunto de evidencia se centra en los autoanticuerpos. Estos anticuerpos, que normalmente están destinados a unirse a los patógenos para su eliminación, a veces fallan y atacan las propias células del cuerpo.

Los primeros indicios de este vínculo autoinmune provinieron de estudios de aféresis realizados en 2023, en los que el filtrado de sangre redujo los niveles de autoanticuerpos y mejoró los síntomas. Sin embargo, la naturaleza inespecífica del filtrado hizo difícil determinar qué anticuerpos eran los responsables. Investigaciones más recientes ahora reducen el enfoque.

Evidencia experimental: los anticuerpos transfieren el dolor

Los investigadores dirigidos por Niels Eijkelkamp de la Universidad de Utrecht comenzaron en 2022 inyectando en ratones anticuerpos de inmunoglobulina G (IgG) extraídos de personas con COVID prolongado. Los resultados fueron sorprendentes: los ratones se volvieron más sensibles al tacto y al dolor y retrajeron las patas de las superficies calientes más rápido que los ratones de control. La repetición del experimento en 2024 con una nueva cohorte confirmó estos efectos, demostrando la presencia persistente de autoanticuerpos en pacientes con COVID prolongado.

Hallazgos similares surgieron de estudios independientes. Akiko Iwasaki, de la Universidad de Yale, encontró altos niveles de autoanticuerpos en pacientes con COVID prolongado, con síntomas neurológicos que se correlacionaban con anticuerpos dirigidos al sistema nervioso. La transferencia de estos anticuerpos a ratones indujo hipersensibilidad al tacto, dolor y alteración de la coordinación. Otro estudio mostró que las IgG inyectadas redujeron la densidad de las fibras nerviosas en ratones, lo que sugiere daño a los nervios. Un estudio final localizó los anticuerpos en los ganglios de la raíz dorsal cerca de la médula espinal, lo que altera el dolor y la propiocepción (conciencia del cuerpo).

Tratamientos futuros: dirigidos a anticuerpos específicos

El siguiente paso consiste en identificar qué IgG provocan los síntomas. El equipo de Iwasaki ya ha identificado dos objetivos: las proteínas llamadas MED20 y USP5. Otras investigaciones, incluido el trabajo en curso de Brent Appelman en el Centro Médico de la Universidad de Ámsterdam, se centran en aislar y eliminar estos autoanticuerpos específicos. Si bien la aféresis ofrece alivio a corto plazo, el objetivo final es una intervención farmacéutica.

“Se trata de una prueba de concepto perfecta”, afirma Eijkelkamp. “Pero el objetivo debería ser un fármaco”.

Esta investigación representa un salto significativo hacia la comprensión de la compleja patología del COVID prolongado. Al identificar los mecanismos autoinmunes en juego, los científicos están allanando el camino para terapias dirigidas que finalmente podrían brindar alivio a millones de personas que padecen síntomas persistentes.